Casi un tercio de los divorcios del año se firman entre septiembre y octubre. El verano, lejos de ser solo descanso, actúa como examen de convivencia —y cada vez más parejas deciden aprobarlo suspendiendo el matrimonio, no la relación.
Hay un patrón que los juzgados de familia españoles repiten cada año con precisión casi estacional: las vacaciones terminan, los niños vuelven al colegio y las demandas de divorcio se disparan.